Artículo publicado originalmente en la revista Come In

Hace unos días saltaba a los medios, especialmente en la red, la noticia de una modelo australiana de 18 años, Essena O’Neill, que decidía publicar un vídeo anunciando que dejaba las redes sociales, a la vez que revelaba el auténtico calvario que representaba crear las imágenes que compartía en Instagram. Lo hacía directamente desde su cuenta personal y ofrecía comentarios añadidos a los pies de las fotografías sobre los detalles de la toma de las mismas, definidas como “falsas”, así como todo lo que rodeaba su actividad en las redes sociales.

De repente, con este vídeo se ‘desvela’ un misterio y una ‘verdad’: las fotografías en las redes sociales no son auténticas, prima la apariencia y, por ende, nos convierte en esclavos de la misma. Sin embargo, ¿hasta qué punto esto es un efecto de las redes sociales? ¿Qué aporta esta ‘revelación’? Es más, ¿no podría ser el cambio de actitud de la modelo una falsedad más? En este artículo intentaré profundizar en las ideas de autenticidad y falsedad en la identidad en internet, especialmente en las redes sociales.

 

La idea de autenticidad ha sobrevolado de forma discontinua sobre la concepción de la identidad en internet. Si bien en los años 90 se hablaba de una identidad fragmentaria, de la posibilidad de imaginar diferentes personalidades en los diferentes contextos comunicativos de internet (foros, chats, etc.), es a partir de los años 2000, con la aparición de la web 2.0 y las redes sociales, que esta idea comienza a ser reemplazada por la de la autenticidad en la presencia de uno mismo en internet. Esta lógica de autenticidad/invención -incluso falsedad o engaño- ha derivado en la consideración de la identidad como eje vertebrador de nuestra actividad en internet, la cual adquiere una relevancia especial en lo que refiere a crear un perfil consistente, coherente y alineado con determinados intereses que puedan ayudar a convertirlo en un producto: en su propia marca personal. Ni que decir tiene que las propias empresas de internet, como Facebook, han reforzado y forzado esta idea de autenticidad, por ejemplo, evitando el registro con un nombre inventado en la red.

 

Desde un punto de vista académico, el concepto de marca personal (branded self) comienza utilizarse a mediados de los años 2000 (Marwick, 2010) y está claramente relacionado con el aumento de capacidad de nuestra presencia en internet -mediante las redes sociales- permitiéndonos una mayor autopromoción. En este sentido se podría entender el “yo” influido por los discursos y las prácticas capitalistas: la identidad como un objeto material, sujeto a las leyes del mercado.

 

Así pues, en los últimos años ya se habla directamente y sin tapujos del concepto de marca personal, como un aspecto fundamental a trabajar especialmente en el campo profesional, que es donde dicha marca encontrará aliados, futuros clientes, contactos, etc. De acuerdo con Schawbel (2009), “una marca personal consiste en descubrir certezas y particularidades de uno mismo y transmitirlas a los otros, de manera que lo más importante a la hora de trabajar nuestra marca personal es trazarse unos objetivos e implementar una estrategia que se traduzca en un plan de acción para alcanzar los objetivos”, como si de una empresa se tratara.

 

Así pues, ¿cómo se puede combinar la marca personal con la idea de autenticidad? Una de las acepciones del diccionario de la RAE la describe así: “Consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es. Es una persona muy auténtica”. En el caso de Essena O’Neill, esta afirma que sus fotografías, las de su anterior “yo”, no eran auténticas, sino fruto de una manipulación en la preparación de la pose, el maquillaje y el retoque fotográfico para aparecer más bella, de acuerdo con los cánones actuales. Pero añade otro elemento: las compañías que patrocinaban los productos que ella lucía en las fotografías, como bikinis, que jamás se hubiese permitir de otro modo. Aquí es donde empieza a tener cierto sentido el debate sobre la autenticidad, en mi opinión: la posibilidad de alterar una determinada conducta a favor de la promoción de determinados productos o, dicho de otro modo, en profesionalizar su ya manifiesto interés por la moda.

 

Sin embargo, si bien su cuenta de Instagram se acabó cerrando, la modelo no ha abandonado otras redes sociales (en las que ha ganado todavía más seguidores) y además ha abrazado una nueva filosofía de vida basada en la idea de autenticidad. Una idea, cabe decir, algo naíf en el mundo adulto -por ejemplo, basada en la expresión de sentimientos-, aunque quizás con cierto sentido entre los adolescentes. En su nuevo proyecto Let’s be game changers también se muestra adepta al veganismo y propone abandonar las redes sociales (digital detox) aunque todo su trabajo y su comunicación se realice a través de ellas.

 

Enrique Alpañés sugiere al final de su artículo en Yorokobu sobre el vídeo de O’Neill si este cambio de opinión de la misma no responde a una estrategia de re-branding por su parte. Yo estoy bastante de acuerdo con él: la modelo habría pasado de un posicionamiento mainstream a un posicionamiento más contracultural o alternativo, pero igualmente ‘marca’. Este planteamiento abre otro debate todavía más interesante que sería cómo diferenciar, dentro de las tendencias de vida alternativas al consumismo capitalista y otras causas de tipo social, cuáles de ellas son auténticas -en el sentido de consistentes- y cuáles son parte de otros tipos de consumo, o simplemente formas de slacktivism, o activismo fácil. En este debate también podemos seguir culpabilizando a las redes sociales, o más bien reflexionar sobre cómo las estamos utilizando.

 

Para saber más:

 

Marwick, A. E. (2010). Status update: Celebrity, publicity and self-branding in Web 2.0 Tesis doctoral. New York University.

 

San Cornelio, G. (2008). Arte e identidad en internet. Barcelona: Ediuoc.

 

Schawbel, D. (2009). Me 2.0: Build a Powerful Brand to Achieve Career Success. New York: Kaplan Books.